MEMORIAS
Prólogo: El deseo de escribir
Temo escribir ahora... y, sin embargo, siento deseos de hacerlo. Es muy contradictorio. Además, no quisiera escribir sobre mí, y sin embargo he empezado por hacerlo.
Los seres humanos somos —o quizás soy yo— muy complicados, y si voy a ser así no sé qué podré aportar si escribo.
Ojalá sea la timidez del principiante.
En este momento siento una exaltación extraña, ganas de seguir escribiendo, aunque sean mis sentimientos. ¿Será que es algo que tenía escondido dentro de mí?
Igual que cuando empecé a pintar sin haberlo hecho nunca, o lo que siento por la música. Siempre quise tocar el piano y ahí quedaron mis deseos frustrados. Siento esa angustia de los deseos reprimidos.
Pero escribir nunca lo pensé y nunca lo deseé. Aún no creo que pueda hacerlo.
Hoy, lunes 8 de febrero, pensé en hacer un análisis de la vida de mi madre. Creo que sería un bonito tema... quizás para mí.
Capítulo I
La historia de mi madre
Muchas anécdotas y recuerdos de su infancia me contaba mi madre.
Su madre fue raptada por su padre cuando aún era una niña de catorce años. Vivía con sus padres en el campo, en una familia de agricultores que trabajaban la tierra.
Como era demasiado joven, no la dejaban casarse con mi abuelo, y él optó por raptarla, como en los cuentos de antaño. Entró a caballo en la hacienda y tranquilamente se la llevó.
Nunca más volvió a saber de su familia.
Mi abuelo la amaba. Se casó con ella y tuvieron tres hijas. Vivían en una ciudad frente al mar: la hermosa y nostálgica ciudad de Valparaíso.
Aparentemente eran felices. Mi abuelo era buen mozo, trabajador, de hermosos ojos azules; todo un galán, según contaba mi madre. Ella lo adoraba. Era cariñoso y muy amante de su familia.
Pero esta historia no era un cuento de hadas.
Mi abuela nunca le perdonó la forma en que la llevó junto a él ni el haberla separado para siempre de su familia. Quizás nunca hubo verdadero amor por parte de ella. O quizás las mujeres nunca perdonamos, en nuestro fuero íntimo, las cosas forzadas, hechas sin nuestro consentimiento.
El destino fue cruel con mis abuelos.
Sobrevino un feroz terremoto en Valparaíso y después llegaron las pestes y enfermedades de aquella época. Mucha gente murió víctima de ellas, y por desgracia fueron muriendo las hijas pequeñas de mi abuela.
A raíz de esta tragedia, ella quedó profundamente afectada. Temiendo por la vida de su hija mayor, decidió abandonar la ciudad junto a una amiga.
Así dejó a mi abuelo y se trasladó a Santiago, donde comenzó una nueva vida.
Capítulo II
Recuerdos de infancia
Debía ser muy pequeña cuando ocurrió.
Recuerdo despertar una tarde y encontrarme completamente sola.
Ya estaba oscureciendo, esa hora en que termina el día y comienza la noche.
Sentí miedo de la casa en tinieblas.
Lo primero que hice fue salir y mirar hacia la calle, buscando gente o algún familiar.
Era una soledad que me angustiaba.
Es un recuerdo que me acompañará toda la vida.
La casa oscura, sin gente, sin ruidos. Un abandono total.
Tan pequeña era que pensé en la muerte. Imaginaba esa soledad tan grande en que nadie vendría a verte porque ya no existías.
Esperé mucho tiempo mirando la calle.
¿Cómo era posible que me dejaran tan sola?
¿Dónde estaban?
Me quedé dormida y se fueron.
¿Por qué no me despertaron?
¿Cómo pudieron ser tan crueles?
Jamás olvidaré aquellas horas esperando en la puerta de la casa, sin atreverme a entrar en la vivienda vacía, oscura y llena de tristezas.
Como en una película veo a la niña que era yo, parada en la puerta, en una calle solitaria, esperando que alguien llegara a hacerle compañía.
Una calle oscura y triste...
Como un presagio de la soledad que sentiría durante toda mi vida.
Capítulo III
Mi hermana Elena
Era hermosa mi hermana.
Alta, delgada, de pelo negro y ojos tristes, con una expresión de dulzura e inteligencia.
Éramos seis hermanos y ella era la menor.
En nuestros juegos siempre la molestábamos. Tenía carácter y nos divertía hacerla enojar.
Una vez, no recuerdo bien qué le hice, se enfadó tanto que tomó mi muñeca, la llevó al fondo del patio y la enterró en el barro.
Yo lloraba pensando que era muy mala.
Ella terminó llorando conmigo y trató de consolarme.
Mi hermano mayor, al verla alterada, la encerró durante mucho rato en un cuarto oscuro, sin importarle su llanto.
Cuando por fin salió, fue directamente al estante de libros de mi hermano y comenzó a lanzarlos por la ventana hacia el patio, uno tras otro.
Desde entonces aprendimos que era mejor no provocarla demasiado.
A pesar de todo, éramos muy unidas.
Íbamos juntas al colegio y juntas hicimos la Primera Comunión.
Nos queríamos mucho.
Nuestra infancia
Como mi madre trabajaba, siempre había una nana en casa, aunque quien más nos cuidaba era nuestra hermana mayor.
Las nanas duraban poco debido a nuestras travesuras.
A veces se marchaban y nos dejaban solos.
Mi hermano mayor era especialmente inquieto. Se lanzaba desde una ventana sobre colchones o amarraba pañuelos a los gatos para hacerlos caer como si fueran paracaidistas.
Nosotras llorábamos de pena.
Ahora pienso en mi madre, sola, criando a seis hijos después de la muerte temprana de mi padre.
Tuvo que desempeñar el papel de padre y madre al mismo tiempo.
No había abuelos que nos cuidaran.
Solo esperábamos que regresara pronto de su trabajo.
La vida de Elena
Con el tiempo crecimos, nos casamos y formamos nuestras propias familias.
Elena permaneció junto a mi madre por ser la menor, pero finalmente también se casó.
Tuvo tres hijos.
No fue feliz en su matrimonio.
Su marido era bueno y cariñoso, pero tenía muy mala suerte para el trabajo y poca iniciativa.
Amaba la lectura y la política.
Incapaz de mantener a su familia, un día se marchó.
Mi hermana no volvió a saber de él durante catorce años.
Fue un golpe terrible.
Ella sufrió en silencio.
Se preparó para trabajar desde casa para no dejar solos a sus hijos.
No quería que ellos vivieran la misma sensación de abandono y soledad que habíamos experimentado nosotros.
Con mucho esfuerzo, y con la ayuda de mi madre, logró sacar adelante a sus hijos y darles estudios y profesión.
Nunca habló mal de su marido delante de ellos.
Solo les dijo la verdad.
Que no había sabido sostener a su familia.
Catorce años después, uno de mis hermanos descubrió dónde vivía.
Estaba solo y sufría por la ausencia de los suyos.
Fue el hijo mayor quien dio el primer paso para reencontrarse con él.
Así regresó a casa.
La familia volvió a reunirse.
Llegaron los matrimonios de los hijos y luego los nietos.
Pero mientras tanto avanzaba silenciosamente la enfermedad que Elena ocultaba.
Tan calladamente como había esperado el regreso del hombre que amaba.
Y un día fue ella quien partió.
Dejó a su amado como él la había dejado una vez.
Su recuerdo siempre me llena de tristeza.
Fue una mujer hermosa, valiente y generosa.
Una madre que supo amar y perdonar.
Capítulo IV
Un sueño sobre la soledad
Soñaba, como siempre, con la soledad.
Era de noche.
Caminaba por una calle oscura y desierta.
No había casas, solo árboles a ambos lados del camino.
Sentía miedo y tristeza.
Deseaba estar acompañada.
El camino era largo, hacía frío y la angustia era tan grande que quería correr.
Entonces vi una luz a lo lejos.
Apuré el paso.
Al acercarme descubrí una plaza circular intensamente iluminada.
La diferencia con la oscuridad que la rodeaba era enorme.
Pero cuando llegué comprendí algo.
No había nadie.
La plaza estaba completamente vacía.
Y aquella soledad era aún peor que la del camino.
Sentí la tristeza de haber llegado al final para encontrar solamente vacío.
Como si nadie existiera en el mundo.
Como si yo fuera el ser más solitario que había.
Es una sensación que no me gusta recordar.
Incluso hoy, cuando todos salen de casa y quedo sola por algunas horas, me invade una desolación que no puedo soportar.
Entonces me asomo a la calle para mirar, aunque sea, el paisaje y su entorno.
Capítulo V
El sueño después de la muerte de mi madre
Otro sueño que tuve fue cuando murió mi madre.
Era tan grande mi pena por ella, que sufría imaginándola sola.
Soñé que estábamos en una gran casa antigua, llena de habitaciones.
Había una fiesta.
Mi madre descansaba en una de aquellas habitaciones.
Fui a verla.
Se despertó y conversamos.
Le pregunté:
—¿Te sientes muy sola?
Entonces ella me mostró su cama.
Y detrás de ella aparecía otra igual.
Y otra.
Y otra más.
Como una interminable sucesión de figuras que se levantaban una tras otra.
Entonces me dijo:
—¿Ves? No estoy sola. Estoy muy feliz y acompañada por todas las madres del mundo.

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